martes, 24 de mayo de 2011

Capítulo 4 En busca de lo desconocido por la magia y el espiritismo-Espíritus sagrados y poderes sobrenaturales

13 Para la gente del pasado remoto la vida parecía estar llena de misterios. Aquellas personas veían a su alrededor sucesos inexplicables, que les causaban perplejidad. Por ejemplo, no podían entender por qué debería suceder que una persona completamente robusta enfermara de súbito, o por qué el cielo a veces no daba la lluvia en su temporada, o por qué un árbol sin hojas y aparentemente sin vida debería reverdecer y llenarse de vida durante cierto tiempo del año. Hasta la propia sombra de uno, el latido de su corazón y su respiración eran misterios.
14 Por la inclinación innata del hombre hacia lo espiritual, era solo de esperarse que atribuyera estas cosas y sucesos misteriosos a algún poder sobrenatural. Sin embargo, porque el hombre no tenía la guía y el entendimiento apropiados, su mundo pronto se pobló de almas, espíritus, fantasmas y demonios. Por ejemplo, los indios algonquinos de la América del Norte llaman otahchuk, que significa “su sombra”, al alma de la persona, y los malayos del sudeste de Asia creen que a la muerte del hombre su alma escapa por las ventanas de la nariz. Hoy el creer en espíritus y almas que han partido del cuerpo —y los esfuerzos por comunicarse con esas almas de alguna manera— es casi universal.
15 Otros objetos del ambiente natural —el Sol, la Luna, las estrellas, los océanos, los ríos, las montañas— también parecían tener vida y ejercer influencia directa en las actividades humanas. Puesto que parecía que estas cosas ocupaban su propio mundo, fueron personificadas como espíritus y dioses, algunos benevolentes y deseosos de ayudar, otros inicuos y dañinos. La adoración de cosas creadas llegó a ocupar un lugar prominente en casi toda religión.
16 Podemos hallar creencias de este tipo en las religiones de casi toda civilización antigua. Los babilonios y los egipcios adoraban a sus dioses del Sol, la Luna y las constelaciones. También veneraban a animales y bestias salvajes. Los hindúes son famosos por sus muchos dioses, millones de ellos. Los chinos siempre han tenido sus montañas sagradas y dioses fluviales, y expresan su devoción filial al adorar a sus antepasados. Para los antiguos druidas de las islas británicas los robles eran sagrados, y el muérdago que crecía sobre el roble recibía su reverencia especial. Más tarde, los griegos y los romanos contribuyeron su parte; y la creencia en espíritus, deidades, almas, demonios y objetos sagrados de toda clase echó raíces profundas.
17 Aunque hoy todas esas creencias les parezcan supersticiones a algunos, ideas de esa índole todavía son parte de las prácticas religiosas de muchas personas por todo el mundo. Algunos aún creen que montañas, ríos, rocas de forma rara, árboles viejos y muchas otras cosas son objetos sagrados, y les dan adoración. Construyen altares, santuarios y templos en esos lugares. Por ejemplo, el río Ganges es sagrado para los hindúes, cuyo más acariciado deseo es bañarse en él mientras viven, y confiar en que después de su muerte sus cenizas sean esparcidas sobre él. Para los budistas es una experiencia extraordinaria el adorar en el santuario de Bodh Gaya o Buddh-Gayá, en la India, donde se dice que el Buda adquirió iluminación bajo un árbol bodhi. Católicos van de rodillas a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en México, o se bañan en las aguas “sagradas” del santuario de Lourdes, en Francia, en busca de curaciones milagrosas. Todavía hay mucha veneración de lo creado más bien que del Creador. (Romanos 1:25.)

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