16 Después de años de luchar con esta cuestión, muchos han concluido ahora que no es muy probable que se adelante mucho en resolver la incógnita del comienzo de la religión. Esto se debe, en primer lugar, a que los huesos y restos de los pueblos del pasado remoto no nos dicen cómo pensaba aquella gente, ni lo que temía ni por qué adoraba. Cuanto se diga como resultado del estudio de estos artefactos no pasa de ser adivinación, aunque se base en algún conocimiento. Segundo, las prácticas religiosas de los llamados pueblos primitivos de hoy día, como los aborígenes australianos, no son necesariamente una vara de medir confiable en cuanto a lo que decía o pensaba la gente de tiempos antiguos. Nadie sabe de seguro si la cultura de aquellos pueblos cambió a través de los siglos, ni cómo, si así fue.
17 Debido a todas estas incertidumbres, el libro World Religions—From Ancient History to the Present (Las religiones universales... desde la historia antigua hasta la actualidad) llega a la conclusión de que “el historiador moderno de religiones sabe que es imposible llegar al origen de la religión”. Sin embargo, sobre los esfuerzos de los historiadores este libro dice: “En el pasado, demasiados teóricos buscaron, no solo describir o explicar la religión, sino eliminarla por explicaciones, pues creían que si se mostraba que sus primeras formas se basaban en ilusiones, entonces podrían socavarse las religiones posteriores y superiores”.
18 Ese último comentario nos ayuda a comprender por qué varios investigadores “científicos” del origen de la religión no han propuesto explicaciones sostenibles. La lógica nos dice que solo de proposiciones correctas puede llegarse a una conclusión correcta. Si uno empieza con una proposición errónea, no es probable que llegue a una conclusión sólida. El que después de tratar vez tras vez los investigadores “científicos” no hayan alcanzado una explicación razonable hace surgir serias dudas en cuanto a la proposición sobre la cual han basado sus puntos de vista. Al seguir su noción preconcebida, en sus esfuerzos por ‘eliminar por explicaciones la religión’ han tratado de eliminar por explicaciones a Dios.
19 La situación se puede comparar con la de los astrónomos de antes del siglo XVI que de muchas maneras trataron de explicar el movimiento de los planetas. Había muchas teorías, pero ninguna verdaderamente satisfacía. ¿Por qué? Porque se basaban en la suposición de que la Tierra era el centro del universo y que las estrellas y los planetas giraban alrededor de ella. No se logró verdadero progreso sino hasta que los científicos —y la Iglesia Católica— estuvieron dispuestos a aceptar el hecho de que la Tierra no era el centro del universo, sino que giraba alrededor del Sol, el centro del sistema solar. El que no se pudieran explicar los hechos mediante las muchas teorías hizo que personas pensadoras dejaran de presentar nuevas teorías y decidieran reexaminar la proposición original que era base de sus investigaciones. Y eso condujo al éxito.
20 El mismo principio se puede aplicar al esfuerzo por descubrir el origen de la religión. Por el surgimiento del ateísmo y la aceptación extensa de la teoría de la evolución, muchas personas han dado por sentado que Dios no existe. Fundándose en eso, les parece que pueden explicar la existencia de la religión por lo que hay en el hombre mismo... en sus pensamientos, sus necesidades, sus temores, sus “neurosis”. Voltaire declaró: “Si Dios no existiera, habría que inventarlo”; de modo que afirman que el hombre ha inventado a Dios. (Véase el recuadro de la página 28.)
21 Puesto que ninguna de las muchas teorías ha dado una respuesta que en verdad satisfaga, ¿no ha llegado el tiempo de reexaminar la proposición sobre la cual se han basado esas investigaciones? En vez de seguir esforzándonos infructuosamente del mismo modo, ¿no sería lógico buscar la respuesta de otra manera? Si queremos ser razonables, concordaremos en que hacer eso es tanto lógico como científico. Y precisamente tenemos un ejemplo que nos puede ayudar a ver lo lógico de este proceder.
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